sábado, 26 de julio de 2014

¿Qué haríamos sin el fútbol?

Está comprobado. Un simple deporte como es el fútbol es capaz de transformar la vida de las personas. Con los problemas de todo tipo que encontramos en el día a día, algo tiene el fútbol que es capaz de hacernos olvidar nuestro entorno habitual y enfocar en él toda nuestra energía, y no solo durante los 90 minutos que dura un partido, sino también en la previa y en el post del mismo. Y ello no va parejo solo a determinados extractos sociales. Tengo un amigo culé, abogado y juez de paz, que hablando con el corazón me reconoce su gratitud hacia el Barça por la felicidad que le ha producido en los últimos años. Hay hinchas de otros equipos que seguro vivirán el efecto contrario. En muchos países el fútbol está inmerso en la cultura nacional y muchos aspectos de la vida giran en torno a él. Se publican diarios y revistas de fútbol y hay programas de radio o canales de televisión que tratan exclusivamente de fútbol. Su magnetismo cambia los estados de ánimo e influye en amplios sectores de la población. La victoria en un gran torneo trae felicidad a la comunidad local o al país. E inversamente, la derrota puede provocar tristeza y aumentar la mortalidad en la población. Y no es exagerar, como lo demuestra el auténtico síndrome de abstinencia de fútbol cuando acaba la temporada Hay lugares en que el fútbol casi ha llegado a ser una nueva religión. Mucha gente ha sustituido sus tradicionales lugares de culto asistiendo a los estadios para apoyar a su equipo con fervor. Su devoción incluye venerar a sus héroes futbolísticos, esperar horas para conseguir fotos o autógrafos, o enfrentarse de forma pasional con quien menosprecie a su equipo. En Argentina, incluso existe una religión alrededor del exfutbolista Diego Armando Maradona conocida como “Iglesia Maradoniana”. Además el fútbol llega al extremo de hacer ignorar las habituales malas prácticas de sus dirigentes, que implícitamente son perdonados por la sociedad. Al fútbol se le perdona todo. ¿Por qué sucede esto? Pues porque el fútbol no da soluciones a los problemas, pero sí energía y pasión, y por eso la sociedad se lo agradece de una forma muy generosa. Es un mundo de emociones donde se mezclan la alegría, el odio, la admiración y la tristeza. Para millones de seguidores, este gigantesco espectáculo se ha convertido en una válvula de escape frente a una realidad económica y social que en ocasiones abruma. Actúe o no como refugio, lo que resulta incontestable es que el deporte rey logra aglutinar a un número cada vez más creciente de ciudadanos, y precisamente en los años de mayor dureza de la crisis, la afluencia no ha dejado de subir. En España, según datos de la Liga de Fútbol Profesional, en las pasadas tres temporadas los estadios de Primera División han ganado medio millón de espectadores. El 16 de abril del año pasado once millones de personas se sentaron frente al televisor para ver el clásico Real Madrid-Barcelona. Y lo mismo está sucediendo con el seguimiento de la Segunda División. Esto se debe sobre todo a que se han incorporado más canales a las retransmisiones, y en un cierto porcentaje a que muchos españoles tienen más tiempo libre forzoso. Sea cual sea la razón de fondo, el empuje resulta incuestionable. Los estudios sobre este tema demuestran que el fútbol siempre ha sido una válvula de escape ante problemas personales, familiares o de trabajo. Directamente no pone el plato en la mesa a nadie, pero aporta alegría a bastantes hogares que viven momentos difíciles. No solo el fútbol, sino cualquier tipo de manifestación que inste al optimismo se consume muy fácilmente. Las personas buscan acontecimientos que les ayuden a evadirse un tiempo, y ello se ve claramente en los países latinos, donde el fútbol se vive de forma más apasionada. Lugares como Latinoamérica, España o Italia siempre gustaron de diversión. Otra cuestión es si los principales protagonistas de este fenómeno, los futbolistas, son conscientes de la realidad social que les rodea, o siguen estando por encima del bien y del mal. Veremos qué sucede si la crisis que nos azota continúa alargándose a lo largo del tiempo. Muchos de ellos, acostumbrados a una vida privilegiada, tendrán que aprender a vivir a ras del suelo Para nosotros, los atrapados por el fútbol, la crisis y los problemas nos vienen bien, los tenemos como excusa. Como dijo el mítico Bobby Charlton, ¿Y qué haríamos nosotros sin el fútbol, por el amor de Dios? Sergio Barona

lunes, 7 de julio de 2014

El Futbol



Al principio de la creación del deporte lo que se buscó fue pasar momentos de ocio entre las personas recreándose al mismo  que se hacia deporte y ejercicio.
Se dice que "este deporte comenzó en Inglaterra, con partidos prácticamente sin normas", se jugaba en cualquier sitio, con cualquier cantidad de personas, una especie de futbol brutal donde se apreciaba la dureza y violencia de esta práctica deportiva.
Estos encuentros eran en cualquier sitio, como plazas, calles,… con balones sumamente brutales son una dureza impresionante. Los arcos eran dos piedras de cada lado.
Nadie tenía un equipo definido, no se distinguía ¿Quién era de qué equipo?, lo cual causaba una gran confusión.
A nivel mundial el futbol desde que se creó fue una atracción importante, pero luego de que se crearan los grandes campos fue surgiendo la necesidad de inventar pequeñas canchas con más cercanía a las personas donde se jugara con prácticamente las mismas reglas que en el futbol campo pero con algunas modificaciones convenientes al tamaño de la cancha.
En Inglaterra, "la cuna del futbol", se supo combinar este deporte con la política, la cultura, el espectáculo y economía.
Los ingleses mezclaron el deporte con la economía, de forma que para que la gente viera los grandes partidos tenía que pagar su entrada, cosa que todavía se hace. Dicho deporte trajo consigo buenas ventajas, en el caso de algún concierto, los estadios de futbol eran de gran ayuda para albergar toda la gente, algo que como se sabe, todavía se usa.
Otra buena creación fue la venta antes de los partidos, para que la gente apoyara a su equipo, se necesitaba hacer ruido, lo cual era posible con pitos a la venta en la entrada del estadio. El comercio trajo muchas entradas de dinero a las personas. La gente comenzó a vender camisas del color de su equipo para que la hinchada apoyara con todo a su equipo y así los jugadores los complacieran jugando bien y ganando




 A partir de 1850 hasta 1890 se introdujeron reglas que definitivamente estimularon el desarrollo de este deporte. Una de estas reglas fue que el portero podía atajar el balón con sus manos. A partir de ese momento se comienzan a detectar tácticas en las cuales se agregaba un mediocampista a los defensores para ayudar a transmitir el balón a los delanteros. Entre los británicos, Escocia se destacó por su juego de pases.

A principios del siglo XX, durante los primeros encuentros de equipos internacionales de futbol, se incorporó un quinto jugador como refuerzo en las labores defensivas y de entregas de balón. En 1924 y 1928 las olimpiadas se topan con la sorpresa del triunfo de un pequeño país de América del sur; Uruguay, el cual jugaba con una gran habilidad en pases colectivos y variedad de dribles.
A partir de este tiempo el futbol se comenzó a jugar con más defensores que atacantes. Los años de los 50 y 60, con Uruguay, Hungría y Brasil a la cabeza y con el rey Pelé surgiendo, se instauran cuatro defensores, dos mediocampistas y cuatro delanteros.
Durante la década de los setenta, nacen grandes estrellas como los holandeses Rinos Michels y Johann Cruyff, los franceses Michel Hidalgo y Michel Platiní que reclamaron el futbol más ofensivo y creativo. El esquema táctico que se interpuso fue el 4-3-3, cuatro defensas, tres mediocampistas y tres delanteros, especialmente practicado por los alemanes e italianos


Si bien el futbol tiene sus orígenes en Inglaterra, y es la cuna del futbol asociación, actualmente se dice que
Brasil es la verdadera cuna del futbol, ya que es la unidad central del juego bonito a nivel mundial, Brasil tiene cinco copas mundiales, es el país con más mundiales ganados, el que le sigue es Italia con cuatro y Alemania con tres.
Cada aficionado de este deporte lleva un recuerdo en su mente, algún partido de futbol importante en el cual su equipo perdió o ganó.
Los partidos que nunca se olvidan son las finales de las copas mundiales, ya que los mundiales se disputan cada cuatro años teniendo tiempo para preparar a los jugadores. Son treinta y cuatro los equipos que llegan a jugar esta copa, por lo que es necesario realizar eliminatorias.
Actualmente se entrena a los jugadores mentalmente para elaborar jugadas y se les muestra videos de juegos del equipo contrario para aprender su forma de juego y sus tácticas. Se les enseña como pegarle al balón, posicionarse, a que parte del balón darle para colocarlo donde el portero no pueda agarrarlo.

PEQUEÑO CUENTO SOBRE EL FÚTBOL.

Las Reglas del Picado

La cuadra del paredón de la fábrica era una de las pocas del barrio que no caían en barranca hacia el río y ese simple hecho, sumado a que tampoco estaba marcada por las vías del viejo tranvía, la hacían ideal para correr detrás de la pelota.
Nos juntábamos a la tardecita en la esquina del almacén del gallego y, de allí, cuando ya sumábamos un número considerable, partíamos en des prolija caminata cuesta arriba hacia la calle de la Americana; así le llamábamos. Parece ser, según contaba mi tío que vivía en el barrio desde que nació, que aquel edificio enorme fue un importante frigorífico donde trabajaban la mayoría de los que poblaron el lugar hace no sé cuántos años, pero entonces solo quedaba el esqueleto; unos cuantos ventanales que el aburrimiento juvenil había roto a pedradas y un gran cartel de oxidado metal sobre la puerta grande que dejaba leer el nombre con que lo habían bautizado. Por lo tanto, para el resto del mundo nosotros todas las tardes éramos los pibes de La Americana, los mismos que minutos antes éramos los de la esquina del almacén y que tiempo después de pasar por esos dos estados recuperaríamos nuestros nombres individuales.
Las reglas eran aquellas que quién sabe que espíritu de antepasado de picado había dictaminado y que todas las generaciones precedentes acatarían, con alguna que otra modificación local, sin discutir regla alguna. Se va cuando el balón sube a la vereda y vale hacer rebotar la pelota contra el cordón, una cuestión que aunque algún desprevenido podría tildar de sin importancia, requería de una técnica especial que permitía realizar unas paredes memorables y hasta incluso pases que mezclaban la habilidad futbolera con la astucia de un billarista haciendo que la bocha llegue a destino después de rebotar en la banda. Los postes, variaban según las comodidades del estadio. Nosotros teníamos unas piedras de un tamaño considerable que guardábamos cuidadosamente, al finalizar cada encuentro, al lado del palo de la luz. Lo curioso era que para la regla la línea imaginaria que partía de las piedras variaba su ancho según sea el arco propio o el del contrario, y dado ese punto, era que prácticamente los únicos goles que no se discutían eran los que entraban por el medio y al ras del piso. El travesaño era otra historia que estaba relacionada con la capacidad de salto del arquero, la que siempre era inferior a la altura por donde había pasado el esférico aludiendo con un salto corto y desganado a la frase: "no ves que no llego", demostrando que la posibilidad de anotar dependía también de la capacidad de negociación que tuvieran los equipos.
Otra regla era la que decía que generalmente el partido finalizaba cuando el dueño de la pelota se tenía que retirar. A partir de esas, las principales, había otras que dependían del folclore local. Algunos tuvieron que inventar soluciones al tema de los autos estacionados dentro de los límites del campo de juego, otros al congelamiento de la jugada cuando pasaba un peatón externo al duelo futbolístico, y reglas que nacieron de la experiencia, como esa que teníamos nosotros y que impedía hacer picar la pelota antes de llegar a la cancha. Parecía ridícula, pero quien estuvo la tarde de aquel jueves, en que se suspendió el fútbol a causa de no existir esa regla, no se atrevería a cuestionarla.
Resulta que el gordo Aníbal llegó a la esquina aquella tarde con algo que le garantizaba la titularidad, una pelota de cuero, perfectamente redonda. Nos quedamos boquiabiertos, creo que imaginando cada uno las maravillas que esa tarde podríamos hacer con semejante belleza. Los pies nos tiritaban, un par se pararon como resortes para verla de cerca y el gordo explicaba como había llegado a él ese regalo de cumpleaños soñado por cualquiera de nosotros. Hoy iba a haber fútbol con una pelota de enserio, una profesional. Los gajos brillaban y las costuras se veían poderosamente indestructibles. Antes de que el grupo tomara conciencia, y estirara sus manos para tocarla, el gordo miró a la audiencia de la esquina del almacén y al tiempo que dijo: ¡qué les parece muchachos!- la hizo rebotar contra la vereda en un acto tan inocente como inolvidable. Trato de recuperarla después del pique, pero una piedra, quizás el filo de una baldosa floja, hicieron que el balón se descontrolara para empezar a rodar calle abajo. Picaba, saltaba, rebotaba y rodaba, cada vez más rápido, como si le hubieran abierto la jaula a un animal enfurecido, allí iba, rumbo a la avenida del bajo sin que nosotros pudiéramos llegar a alcanzarla.
Ella había emprendido su rumbo, sin que todavía ningún pie hubiese podido tocarla.  Nosotros salimos en estampida tratando de detener sus giros y saltos; sabíamos a dónde iba, y la idea nos desesperaba.  Por más que algunos dejamos de respirar con tal de duplicar el ritmo de carrera, por más que otros imaginaban que con gritos de alerta la pelota se iba a detener, ella siguió llevándoles varios metros a todos los que  tratábamos de detenerla en una carrera que el barrio entero tardaría en olvidar. 
!Noooo!- gritamos todos casi al mismo tiempo.  Pero el grito quedó mudo al ver como un camión con acoplado, que cargaba tubos de metal, le pasaba efectivamente por arriba, quitándole el aire, haciéndola estallar, convirtiéndola en un pedazo inservible de cuero y costuras.
Aquel fue un día negro.  A penas unos segundos nos había durado la ilusión de la pelota nueva, y antes de que cualquiera pudiese acariciarla con los pies: ella ya no existía.  Ese día no hubo picado, y a partir de entonces la regla de "no picar la pelota antes de llegar a la cancha" sería, para "los pibes de La Americana", una regla que ni el más rebelde se atrevería a romper.